LA TERRORÍFICA ESQUINA DE “EL DEGOLLADO”

La hasta hoy famosa esquina de “El Degollado”, en el cruce de las calles 60 por 67 de la cuidad de Mérida Yucatán, encierra la trágica historia de un barbero.

La más antigua de estas historias cuenta que en esa esquina estaba ubicada la barbería de don Lucas Pinzón, afamado peluquero que atendía a los principales caballeros de la Mérida de finales del siglo XVIII, y entre sus clientes se encontraba precisamente el entonces gobernador y capitán general de la provincia de Yucatán, su tocayo don Lucas de Gálvez y Montes de Oca. La debilidad del mandatario era enamorar a cuanta mujer joven y bella que se le cruzara en el camino.

El local del “estilista”, que era hijo de padre y madre criollos, iba a la vanguardia con la época, pues contaba con todos los implementos necesarios para dar un buen servicio a su importante y exigente clientela, como tijeras, navajas, brochas, ungüentos, jabones, toallas, etc. Pero don Pinzón también la hacía de “dentista”, por lo que si uno de sus clientes se presentaba con un dolor de muelas, ahí estaba él con sus pinzas para extraerle la pieza dental, luego de amarrar con unas fajinas al “paciente” en el sillón, pues entonces no existían anestésicos y tampoco el cloroformo (éste se empezó a usar por un odontólogo estadunidense de apellido Morton en 1846).

La barbería de Pinzón, que lucía en una de sus paredes una gigantesca pintura con la imagen de la Virgen del Pilar, de la cual el peluquero era ferviente devoto, era centro de reunión, entre 10 de la mañana y 12 del día, de importantes personajes meridanos, que además de acudir a un afeite o corte de pelo, departían sobre temas de negocios, de política y a veces hasta de sus aventuras extramaritales.
Por su parte, el barbero, como todo buen servidor, sólo escuchaba las charlas e intervenía únicamente para darle la razón al cliente.

Pero después de su “chamba”, Lucas Pinzón, que no era rico ni nada que se le parezca, pero que ganaba sus buenos reales entre lo que cobraba y las generosas propinas que recibía, cerraba su barbería, se entacuchaba e iba lleno de ilusión a visitar a su amada Hipólita, una damita de 17 floridas primaveras que vivía con su madre, doña Susana, en una modesta casita de tejas en la calle 66 por 65 y donde tenían un pequeño taller de costura y bordado con el que sustentaban precariamente sus gastos diarios.

Para llamar a su amor, Lucas daba unos chifliditos; entonces “Polita” o “Lita”, como de cariño le decía el fígaro, abría un postigo y luego la puerta, para que enseguida ambos tórtolos se fundieran en un abrazo, dándose candentes besos y arrumacos.

Esa romántica escena sucedía noche a noche hasta que un domingo por la mañana “Polita” fue con su madre a un festejo religioso en el atrio de la iglesia de Monjas (64 por 63), al que también acudió casualmente el gobernador don Lucas de Gálvez.

Su excelencia, como ya dijimos, era muy mujeriego, así que enseguida puso los ojos en Hipólita y su madre no tardó en darse cuenta de los coqueteos del mandatario con su hija. Momentos después, el señor De Gálvez abordó a la chica y tras una breve plática les ofreció llevarlas a su casa en su lujoso carruaje.

En el trayecto, el mandatario, que casi le triplicaba la edad a la guapa jovencita, la llenó de halagos, por lo que ruborizada sólo reía nerviosamente, aunque su ego se hinchaba enormemente. Y durante esa plática, don Lucas, que por entonces tenía 50 y tantos años, supo que en días próximos la muchachilla cumpliría sus 18 años y le prometió enviarle un presente e irla de nuevo a visitar.

El día del cumpleaños de “Polita”, Lucas el barbero se apuró como nunca para terminar con su numerosa clientela; quién sabe a cuántos, por su prisa en acabar temprano, habrá provocado una cortada en el rostro cuando les rasuraba la barba o daba estilo a la piocha.

El caso es que Pinzón apuradamente compró unos claveles y un modesto presente para su novia, y lleno de ilusión se encaminó a casa de su amada. Esa noche pediría a doña Susana la mano de su hija. Como acostumbraba, entonó su peculiar silbido para que Hipólita le abriera, pero no hubo respuesta. Chifló más fuerte, pero nada, el postigo seguía cerrado. Entonces se decidió a tocar la puerta, y tampoco le abrían. Golpeó más fuerte, con insistencia, hasta que la madre acudió.

Doña Susana, con rostro poco amigable, le franqueó el paso y tras preguntarle qué deseaba y el barbero contestarle que quería hablar con su hija, la señora llamó con desgano a la muchacha, quien ni siquiera se tomó la molestia de salir. Desde su habitación, cuya puerta daba a la sala, sólo se concretó a decir: “Mamá, dile al barbero que tenemos esta noche una visita muy importante y que es mejor que se retire”. Había cambiado a un Lucas pobre y poca cosa por un Lucas rico y poderoso.

Estas palabras le cayeron al peluquero como un balde de agua fría y más cuando la madre remató: “Mire don Pinzón, usted es un buen hombre, pero debe darse cuenta que mi hija está para más. Ella merece casarse con un caballero de verdad”.

El frustrado galán ya no dijo más. Cabizbajo se dio media vuelta y se retiró, dejando caer de sus manos en la polvorienta calle, regalo y flores. Caminó sin rumbo y así, dando vueltas sin “ton ni son”, se volvió a ver frente a la casa de “Polita”, sólo que esta vez estaba parado enfrente un lujoso carruaje.

Entonces, el barbero, aprovechando la obscuridad de la noche, se ocultó tras un frondoso almendro y observó que el nuevo pretendiente de su amada era nada menos y ni nada más que el mismísimo gobernador don Lucas de Gálvez, quien había llegado al domicilio de Hipólita con un gigantesco ramo de rosas rojas y una caja llena de sabrosos panecillos encargados especialmente para madre e hija.

Con el corazón partido en mil pedazos, el Lucas pobre terminó metiéndose en una tabernucha cercana a ahogar sus penas en alcohol.

Ya bajo los efectos etílicos, Pinzón salió dando tumbos, sosteniéndose en las paredes, y llegó con mucho trabajo a su barbería, que también era su casa. Como pudo, abrió trabajosamente el candado y entró al local, y completamente derrotado anímica y moralmente se dejó caer en el sillón de barbero, el mismo donde muchas veces había rasurado a su ahora rival de amores. Sabía el pobre Lucas que no podía competir con su poderoso tocayo, que además era apuesto, simpático y muy rico.

Dándose por derrotado en esa competencia amorosa, el peluquero cayó en una profunda depresión. Decidido a acabar con su triste existencia, tomó una de sus navajas, le sacó filo con la lija de cuero y sin pensarlo más se sentó en el sillón de la barbería y se rebanó el cuello.

A la mañana siguiente, su ayudante Antonio Yegros llegó a la barbería y extrañamente la encontró cerrada. Le pareció raro porque Pinzón era madrugador y abría el local desde temprana hora. Tocó varias veces y no escuchó respuesta, pero buen susto se llevó al ver que debajo del portón salía un líquido rojo el cual pudo comprobar era sangre. Alarmado, dio aviso al alguacil y enseguida llegaron varios gendarmes a caballo, y a mazazos rompieron los seguros y entraron al local.

La escena no podía ser más escalofriante: el barbero Lucas estaba recostado en su sillón de trabajo, con el cuello casi cercenado, colgándole la cabeza y, abajo, un gigantesco charco de sangre que ya se deslizaba hacia la calle. En una de sus manos aún sostenía la navaja que le había segado la vida.

Se cuenta que la interesada “Polita” pagó caro su ambición de “pescar” a un rico, porque don Lucas pronto se fastidió de esa aventurilla y puso sus ojos en una nueva “presa”.

Se dice que tanto madre como hija quedaron más pobres que antes, ya que, desprestigiadas, perdieron a la mayoría de sus clientas de costura y bordados, y así, por su comportamiento convenenciero, a la esquina donde vivía la interesada Hipólita el populacho la bautizó como “La Veleta” y a la esquina donde se mató el barbero, “El Degollado”.

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