LA ESCALOFRIANTE PROCESIÓN DE LOS MUERTOS

Después de la medianoche, a las afueras de un pequeño puebla español, un conocido Dr. Pereira regresa a su casa después de acudir a la ayuda de un nacimiento. Al momento de llegar a una calle totalmente oscura el visualizo a ocho monjes encapuchados con un aspecto totalmente terrorífico, el cual uno de ellos llevaba una gran cruz de madera, mientras que un intenso olor a velas se extendía rápidamente por todo el aire. El grupo de extraños sujetos se detuvieron en la puerta de una herrería, rápidamente Pereira corrió con miedo a su casa. Después de una semana, el herrero curiosamente falleció de un ataque al corazón.

Cientos de personas afirmaban que extraños sucesos pensaba después de haber visto a La Santa Compañía, supuestamente era una procesión de fantasmas que se dice que habita en la zona tenebrosa de Galicia, una región que se encuentra en el noroeste de España, conocida por gran parte del mundo por sus cuentos de brujas como también su interés por los muertos. Dicha leyenda se ha extendido por todo el mundo, ya que La Santa Compañía ha causado sucesos inexplicables.

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Esta temible procesión está constituida por cinco o más mojes encapuchados, en los refugios de las callejuelas solitarias se contaban que los cementerios alrededor de la media noche se tomaban como un presagio de la muerte. Diversos parapsicólogos teorizan que las apariciones de La Santa Compañía podrían ser realizadas por alguien que puede tener una premonición de la muerte.

Los sociólogos como también los antropólogos proponen explicaciones pragmáticas, lo que sugiere que la luz de las linternas, con junto el de la niebla, la lluvia, además de la ayuda de los bosques densos, puede haber dado el origen a esta escalofriante leyenda. Actualmente aún no se sabe con certeza cuál es el motivo por el que La Santa Compañía es vista por muchos de los aldeanos que viven en Galicia.

Álvaro llevaba años sin poner los pies en el pueblecito de Galicia donde creció; pero, la grave enfermedad que sufría su padre, le obligó a desplazarse a la zona rural donde se crio para darle un último adiós. Por desgracia su padre tenía las horas contadas.

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Angustiado por el ambiente familiar que había en la que antes fue su casa, decidió salir a pasear para despejarse un poco. No le importó que ya hubieran pasado las 2 de la madrugada, tenía que separarse de sus hermanos, unos insensibles que como parásitos, y con su padre aún con vida, se repartían la herencia como hienas despedazan la carroña.

Distraído y con la mente en otro lado, caminaba por los abandonados caminos que llevaban a la ermita del pueblo, una pequeña iglesia que se cerró varios años atrás por el grave deterioro que había sufrido su tejado en una lluvia de granizo. La ermita antes era la última escala en la procesión del pueblo, que finalizaba llevando la imagen de un Cristo desde la Iglesia que había cerca de la plaza hasta allí. Pero cada vez eran menos los habitantes de la comarca y el pueblo parecía una fantasmagórica visión de lo que Álvaro recordaba de su niñez, por lo que la ermita nunca fue restaurada.

Cuando se encontraba a escasos metros del tramo final, escuchó una especie de cánticos, su curiosidad le llevó a acercarse aún más, pero algo en su interior le decía que debía esconderse. Un frío indescriptible parecía metérsele en los huesos y comenzó a sentir un fuerte olor a cera quemada.

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Instintivamente decidió ocultarse tras unos arbustos para contemplar aterrado lo que parecía una romería fantasmal precedida por un hombre que con la cara demacrada portaba una cruz en la mano; los demás integrantes eran aún mucho más aterradores, pues claramente podía verse que ya estaban muertos y sus rostros eran poco más que unas calaveras que movían sus escalofriantes mandíbulas mientras entonaban un rosario. Todos los muertos portaban una vela en su mano y su lento paso parecía dirigirles directamente a la casa del padre de Álvaro.

Álvaro, tan asustado como intrigado, decidió seguir a distancia a la cadavérica procesión, que cada vez se acercaba más a la que fue su casa, el lugar donde sufría la agonía de una lenta enfermedad su padre. Hasta que sorprendentemente su padre apareció caminando y, sin mediar palabra, uno de los esqueletos envueltos en una túnica se le acercó y le ofreció una de las velas. Su padre, como hipnotizado, alargó la mano y la recogió, y tal y como había aparecido se esfumó en ese instante. El resto de integrantes de esa Santa Compaña también parecieron evaporarse en una extraña niebla. Todos menos el portador de la cruz, el primer integrante de la procesión de muertos que quedó tendido en el suelo durante unos segundos. Pasado ese tiempo se levantó, y con la cara totalmente descompuesta por el cansancio y como si su misma vida fuera gradualmente absorbida por la compañía de los muertos, como un sonámbulo comenzó a caminar en dirección al pueblo.

Álvaro estaba tan petrificado por el miedo que no podía moverse, sólo el grito desgarrador de una de sus hermanas le despertó del shock en el que se encontraba. Casi sin darse cuenta había caminado siguiendo a la Santa Compaña hasta escasos metros de la casa de su padre, y el grito confirmó sus más temidas sospechas: la procesión de muertos había venido a reclamar el alma de su padre.

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Corrió tan rápido como pudo hasta la habitación donde yacía su padre ya sin vida, prácticamente toda la familia se encontraba con él en el momento que su alma abandonó su cuerpo, Álvaro entendió en ese momento que la imagen que vio de su padre no era más que su alma uniéndose a una Santa Compaña con la que vagaría eternamente reclamando el alma de otros moribundos.

NOTA: La Santa Compaña es una de las leyendas urbanas más conocidas y escalofriantes de la tradición oral española. Aunque normalmente todas las personas que dicen haber visto esta procesión de muertos se ubican en Galicia, también hay casos de avistamientos en Asturias y otras regiones del norte de España, donde también se la conoce como Güestia.

Básicamente se trataría de una procesión de muertos “liderada” por un vivo que porta una cruz, este portador camina como si estuviera sonámbulo y no recuerda nada al día siguiente, aunque su vida se va consumiendo poco a poco por la compañía de los muertos. Sólo si encuentra a otro vivo capaz de ver a la Santa Compaña, y le entrega su cruz, se liberará de la maldición que noche tras noche le obliga a liderar la comitiva de difuntos. Por otra parte los muertos llevan en su mano una vela o cirio cada uno, cuando encuentran a una persona que fallecerá dentro de poco le entregan su vela, si la persona la acepta morirá en un corto plazo de tiempo.

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