LA TEORÍA DEL INVIERNO NUCLEAR.

La teoría del invierno nuclear fue presentada por primera vez en la ciudad de Washington, el 31 de octubre de 1983 en una reunión convocada por el grupo conocido como TTAPS. Estas siglas corresponden a la inicial de sus miembros más distinguidos, siendo la ultima la del famoso Carl Sagan. Quienes decían lo siguiente:

Si uno de estos días viene a estallar un conflicto nuclear, será a escala mundial. Por supuesto que el hemisferio boreal será el más afectado, pues en él se encuentran los fabricantes de bombas y hay más almacenadas: Estados Unidos y la Unión Soviética (conocida como Rusia en nuestros días) poseen entre los dos el 95 % de las bombas atómicas de todo el mundo.

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Si estas dos superpotencias se lanzan una a la otra el equivalente de 15 millones de toneladas de TNT, el intenso calor que resultara podría fundir los hielos polares. El hielo antártico equivale a 720 veces el agua contenida en la atmósfera en forma de vapor y nubes. El nivel se elevaría, sin tardar, 60 metros. Serían sepultadas bajo las olas Nueva York, Nueva Orleans, Miami, Los Angeles, Buenos Aires, Rio de Janeiro, Londres, Tokio, Shanghái, Alejandría, Ámsterdam, Estocolmo, Leningrado y muchas ciudades costeras más. Desaparecería buena parte de otras que se extienden al pie de una montaña, como Barcelona, Marsella y Nápoles, y de algunos países como Holanda y Dinamarca emergerían contados puntos. Crecerían a la vez la cuenca de los ríos más caudalosos del planeta: Mississippi, Nilo, Amazonas, Ganges y Yang-tse-kiang.

Pero esto no será todo. La serie de estallidos proyectará al espacio 225 millones de toneladas de partículas de polvo, que impedirán la llegada de los rayos solares, a este polvo habrá que añadir el humo producido por cientos de miles de incendios, que se traducirán en gigantescos torbellinos formados por partículas infinitesimales de carbón. Un elemento ideal para absorber la luz del Sol.

 

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Como consecuencia de la permanencia de las partículas en el espacio, se desplomará la temperatura en 20 a 40 grados centígrados, lo que conducirá a un frío polar, a un invierno nuclear, a una noche prolongada. Sus efectos climáticos y biológicos serán desastrosos para la humanidad. En cuestión de semanas morirá una gran parte de la vida acuática, declinará la producción de plancton y desaparecerán los peces y plantas marinas, así como los cultivos y frutales. Se congelaran lagos y ríos privando de agua potable a la población. La oscuridad impedirá a los vegetales realizar la fotosíntesis necesaria para su desarrollo.

Además de esto, perecerán no menos de mil millones de seres humanos de resultas de los impactos directos, de la radioactividad y del intenso calor. Otros tantos quedarán tan maltrechos que les seguirán de inmediato al otro mundo. Y en los siguientes meses habrá otros mil millones y medio de bajas, que parecerán de hambre o frío.

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Los sobrevivientes del holocausto que como decía Nikita Kruschev envidiarán a los muertos, se enfrentarán a un caos de proporciones gigantescas: quedarán destruidas las infraestructuras políticas y socioeconómicas, las fuentes de energía, alimentación y agua. Las relaciones con los países del hemisferio sur. Habrá que atender a cientos de miles de heridos, proliferarán las enfermedades y las epidemias por culpa de los muertos que nadie tendrá tiempo de enterrar y crecerán desmesuradamente los problemas psicológicos.

A los incendios, ondas de choque, radiaciones y cambios del clima habrá que añadir otro grave inconveniente: los compuestos químicos que resulten de tantos estallidos destruirán la mitad de la capa protectora de ozono y penetrarán en la Tierra diversas radiaciones peligrosas venidas del cosmos.

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