ENTIERROS PRIMITIVOS, EL MISTERIO Y LA EVOLUCIÓN ANTE EL SUCESO DE LA MUERTE.

Mucho antes de aparecer en Egipto las primeras pirámides, durante lo que se ha dado en llamar el periodo predinástico, que duró hasta el año 3000 a.C., enterrar a los muertos era la cosa más sencilla del mundo. Los egipcios no eran aún un pueblo civilizado. Les faltaba mucho por aprender.

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Se abría un hoyo en la arena o en la tierra y era colocado el cuerpo en el fondo, posición fetal, envuelto en un lienzo. Era el mismo método simple utilizado por numerosos pueblos de la antigüedad, de Asia, Europa e incluso del continente americano. Antes de florecer en México las culturas olmeca, teotihuacana y tolteca, los  nómadas llegados de Siberia habían dado así sepultura a los muertos.

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Si el difunto había sido poseedor en vida de algunas piezas de cerámica, joyas o armas rudimentarias, iban a parar también al hoyo. Se rellenaba a continuación éste con piedras o ladrillos secados al sol y finalmente con arena, que la había en abundancia. El sol cayendo sobre la arena calcinada se ocupaba entonces de deshidratar los restos, con permiso de los chacales del desierto, que observaban la escena desde una distancia prudente. Cuando el muerto pertenecía a una tribu nómada, se perdía para siempre. Pero si la tribu se había vuelto sedentaria y vivía de la ganadería y de cultivar las tierras, la cosa cambiaba.

Al paso de los años, se fue agrupando a las tumbas en un solo lugar, en una necrópolis que fue adquiriendo creciente importancia para la comunidad. Se comenzó a construir edificios para alojar a los sacerdotes del culto y a los guardianes. Se fortalecieron el clero y la milicia, y el primero sirvió de intermediario entre los vivos y los que se fueron, cuyo recuerdo debía seguir siempre presente con los vivos.

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Los cuerpos quedarían a salvo de las bestias hambrientas. Las tumbas fueron adquiriendo nueva forma. Dejaron de ser simples agujeros abiertos en el suelo para convertirse en pequeñas construcciones de planta rectangular, a las que se da el nombre de mastabas, el mismo que le dieron los árabes a partir del califato de El Cairo.

A partir de la II dinastía, hacia el año de 2800 años a.C., los sacerdotes trataron ya no sólo de preservar el cuerpo indefinidamente, sino también su aspecto exterior. Los embalsamadores se dieron cuenta de que las vísceras eran la parte del organismo más expuesto a descomponerse, pero nada se les ocurrió para evitarlo. Hubo que esperar a la siguiente dinastía, dos siglos más tarde, para que se iniciase la práctica de realizar la ablación de las vísceras a los difuntos.

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Pero, conscientes los embalsamadores de que no se debía privar a los muertos de ninguno de sus órganos, que podrían serles útiles en caso de resucitar algún día, los guardaron en unos recipientes provistos de tapa, que podrían cerrarse herméticamente. Eran los canopes, que se colocaban a un lado del ataúd conteniendo los restos del difunto. Estaban sumergidas las vísceras en una solución nitrosa que, en ciertos casos, aún no se ha evaporado, pese al tiempo transcurrido.

Un día, en el curso de esa III dinastía más evolucionada apareció una nueva versión de edificio que podría servir para albergar al faraón muerto: la pirámide.

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