LAS PROFECÍAS QUE HUNDIERON EL IMPERIO.

En los 10 años que precedieron al arribo de los conquistadores españoles a México. El anuncio del fin del cuarto Sol (vaticinio que fue sorprendentemente exacto), vino a sumarse la promesa hecha de antaño por Quetzalcóatl: regresaría en un año Ce-Acatl (Uno Caña) para destruir a sus enemigos y convertirse en el nuevo soberano. Nada había sucedido en los Ce-Acatl anteriores, que fueron los años 1311, 1363, 1415 y 1467, pero las cosas cambiaron al aproximarse el 1519.

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Ya en 1505 se había producido una aurora boreal, hecho inusitado en las inmediaciones del Trópico de Cáncer. No había duda que este fenómeno encerraba un presagio funesto. A partir de aquel momento, los astrónomos escudriñaron el firmamento con mayor empeño, en busca de señales, buenas o malas, para comunicárselas al tlatoani Moctezuma. Fueron todas malas. Moctezuma II Xocoyotzin estaba convencido de que no tardaría en llegar a su fin el cuarto Sol y que su imperio se desmoronaría sin que pudiera hacer nada para evitarlo.

Un cometa se dejó ver todas las noches y el pueblo gritó asustado, como suele ocurrir en tales ocasiones, porque vio en él la señal de una desgracia. El segundo presagio fue el repentino incendio del templo de Huitzilopochtli, en circunstancias inexplicables. No cabía ya la menor duda: el dios supremo iba a desaparecer.

moctezuma y el cometa

Aparecieron a continuación en el cielo lo que todos tomaron por tres estrellas juntas, que lo surcaron de occidente a oriente. Siguió a este prodigio un fuerte oleaje en la laguna central, que levantó las aguas e invadieron éstas las casas sin que hubiera viento qué culpar. No hay dudas en cuanto al causante oleaje: se produjo uno más de los muchísimos terremotos que han venido sacudiendo, desde la antigüedad, al valle de México. Los habitantes del Anáhuac debían estar acostumbrados ya a ver estremecerse el suelo y a hacer erupción los volcanes que rodean al valle, pero sólo en aquella ocasión les dieron importancia.

Los siguientes presagios resultaron ser ajenos a la naturaleza. Más bien parecen pertenecer al terreno de lo sobrenatural o, mejor dicho, de la superstición popular. Vino primero el grito femenino, que resonó en la noche y que nadie supo decir de dónde procedía ni quién lo profirió. Pero en todos los hogares de la capital azteca pudieron escuchar unas escalofriantes palabras: “Estamos perdidos, hijos míos.” Y para terminar de aterrar al pueblo, y más aun a su emperador, llegó el séptimo presagio, aún más extraño. Unos cazadores condujeron a la presencia de Moctezuma un ave zancuda, encontrada en el lago, que tenía un espejo circular, a manera de cresta.

Admirado ante el curioso animal, Moctezuma dirigió una mirada a la cresta. Y, como si fuera ésta una vulgar bola de cristal como la de cualquier pitonisa, surgió ante sus ojos la más pavorosa de las escenas: un ejército desconocido, formado por soldados barbudos de fiero aspecto armados hasta los dientes, que cabalgaban sobre animales semejantes a venados sin cuernos.

Malinche-con-Cortés

El soberano se dejó abatir y propició así el triunfo de Cortés, a quien identificó nada menos que con aquel Quetzalcóatl cuyo regreso había sido profetizado. De no haber sido por una serie de absurdas profecías y de su amor por la astrología. Moctezuma jamás se hubiera preocupado por la llegada de un puñado de invasores a los que hubiera vencido fácilmente.

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